En el siglo XIX, el fenómeno de la hipnosis, se entremezclaba con otras disciplinas y conceptos de lo más variopintos. Por ejemplo, el magnetismo animal del que hablaba Mesmer, vidas pasadas o regresiones, y también no podía faltar el espiritismo.
En ese último tópico, un pionero fue el francés Dr. Hipólito León Rivail, más conocido como Allan Kardec. A los diecinueve años, comenzó a interesarse por los fenómenos del magnetismo (como primeramente se le llamó a la hipnosis) descubiertos por el médico austríaco Franz Mesmer, y mucho después escribiría:
"El magnetismo ha preparado las vías del Espiritismo, y los rápidos progresos de este último son debidos, incontestablemente, a la divulgación de las ideas que surgen del primero. Desde los fenómenos del magnetismo, sonambulismo y éxtasis, hasta las manifestaciones espíritas, no hay más que un paso; su conexión es tal, que resulta, por decirlo así, imposible hablar del uno sin referirse al otro. Si debiéramos dejar a un lado la ciencia magnética, nuestro cuadro sería incompleto y se nos podría comparar a un profesor de física que se abstuviera de hablar de la luz".
El doctor Rival tenía ya cincuenta años cuando, en 1854, escuchó por primera vez hablar del fenómeno de las mesas giratorias que respondían preguntas, al señor Fortier que era magnetizador .
A dichos comentarios, contestó: "Esto lo creeré cuando lo vea y cuando se me pruebe que una mesa tiene cerebro para pensar, nervios para las sensaciones, y que puede tornarse sonámbula; hasta entonces, permítame considerar esto sólo como un cuento fantasioso". Rivail, que era un observador metódico, que no negaba por prejuicio, se encontraba ahora ante algo que lo retaba.
Al respecto, escribió: "Estaba yo, pues, en el período en que nos hallamos ante un hecho aparentemente inexplicable, contrario a las leyes de la naturaleza y que la razón rechaza. Todavía no había visto ni observado nada; las experiencias realizadas en presencia de personas honorables y dignas de fe me confirmaban la posibilidad del hecho puramente material, pero la idea de una mesa "parlante" no la admitía aún mi entendimiento. El año siguiente, a principios de 1855, encontré al señor Carlotti, amigo mío desde veinticinco años atrás, quien me habló durante más de una hora de tales fenómenos... Primero me habló de la intervención de los Espíritus, con lo cual no hizo más que aumentar mis dudas... Algún tiempo después, hacia mayo de 1855, hallábame en casa de la sonámbula señora Roger con el señor Fortier, su magnetizador..."
"Allí fui por primera vez testigo del fenómeno de las mesas giratorias, y el hecho se produjo en condiciones tales que la duda resultaba imposible. Presencié en esa misma casa ciertos ensayos, muy imperfectos, de escritura mediúmnica en una pizarra con ayuda de una cestilla. Mis ideas eran firmes, pero había en ello un hecho que debía tener su causa. Entreví, bajo la aparente futilidad y especie de juego que se hacía con esos fenómenos, algo serio y como la revelación de una nueva ley que me propuse profundizar. Bien pronto se me presentó la ocasión de observar más atentamente de lo que había podido hacerlo hasta entonces. En una de las veladas en casa de la señora Plainemaison, trabé conocimiento con la familia Baudin... El señor Baudin me invitó a concurrir a las sesiones semanales que tenían lugar en su casa, y a las cuales empecé a asistir con asiduidad. Fue allí donde hice seriamente mis primeros estudios del Espiritismo, menos aún por revelaciones que mediante observaciones."
"Apliqué a la nueva ciencia, como lo había hecho hasta entonces con las demás, el método experimental, sin aceptar nunca teorías preconcebidas; observaba con atención, comparaba, deducía las consecuencias; desde los efectos buscaba remontarme hasta las causas mediante la deducción y el encadenamiento lógico de los hechos, admitiendo una explicación como valedera, sólo cuando ella podía resolver todas las dificultades de la cuestión. Así había procedido en mis trabajos anteriores, desde la edad de quince a dieciséis años."
"Desde el principio comprendí lo serio de la exploración que iba a emprender; entreví en tales fenómenos la clave del problema, tan oscuro y controvertido, del pasado y porvenir de la Humanidad, la solución de lo que había yo buscado toda la vida.
Era, en una palabra, toda una revolución en las ideas y creencias, de modo que había que proceder con prudencia y no con ligereza; había que ser positivista y no idealista, a fin de no dejarse llevar por ilusiones."
"Uno de los primeros resultados de mis observaciones, fue que los Espíritus, siendo las almas de los hombres, no poseían ni la soberana sabiduría ni la soberana ciencia; que su saber estaba limitado por su grado de adelanto, y que su opinión no tenía más valor que el de un modo de ver personal. Esta verdad, reconocida desde el principio, me libró del grave escollo de creer en su inhabilidad y me impidió formular teorías prematuras, basadas en el decir de uno o de varios de ellos. El solo hecho de la comunicación con los Espíritus, dijeran ellos lo que dijesen, probaba la existencia de un mundo invisible en el ambiente. Éste es, desde luego, un punto capital, un campo inmenso abierto a nuestras exploraciones, la clave de una multitud de fenómenos inexplicables. El segundo punto, y no menos importante, era conocer el estado de ese mundo y sus costumbres, si se le puede llamar así.
Pronto comprendí que cada Espíritu, en virtud de su posición personal y sus conocimientos, me revelaba una fase, del modo como se llega a conocer las características de un país al interrogar habitantes de todas las clases y condiciones, cada uno de los cuales puede enseñarnos algo, y ninguno individualmente enseñárnoslo todo. Al observador corresponde formar el conjunto, ayudado por la información que recibe de las diversas partes, y al cotejar, coordinar y controlar unos con otros. Yo trataba, pues, con los Espíritus como lo hubiera hecho con los hombres; y ellos fueron para mi, desde el inferior hasta el superior, medios de información y no reveladores predestinados".
Al principio, lejos de ser un entusiasta de tales manifestaciones, y absorbido por sus tareas, el señor Rivail estuvo a punto de no volver a las sesiones de espiritismo; lo hizo por la insistencia de los señores Carlotti, Victoriano Sardou, René Taillandier, (miembro de la Academia de Ciencias) Tiedeman-Manthese y Didier, el editor, quienes desde hacía cinco años estaban dedicados al estudio de los fenómenos relacionados con espíritus, y habían reunido cincuenta cuadernos con preguntas y respuestas obtenidas en diversas comunicaciones, pero las cuales no habían logrado ordenar.
Ellos, conociendo las vastas y singulares aptitudes de síntesis que el señor Rivail poseía, le remitieron los cuadernos mencionados, solicitándole tomara conocimiento de su contenido y los pusiese en orden.
Puesto que tal trabajo resultaba arduo y exigía mucho tiempo, debido a los vacíos e inconsistencias en las comunicaciones, el sabio enciclopedista rehusó inicialmente comprometerse en esa tarea tan dispendiosa y absorbente, que le distraería de sus otras ocupaciones.
La cosa cambió una noche que su Espíritu protector tuvo con él una comunicación completamente personal, por vía mediúmnica, en la que, entre otras cosas, le decía haberle conocido en una vida anterior, cuando en tiempos de los Druidas vivían ambos juntos en las Galias, y en aquella época el señor Rivail se llamaba Allan Kardec. Ese Espíritu le prometía secundarle en la tarea que le estaban solicitando sus amigos.
Motivado por esta comunicación, el señor Rivail leyó los cuadernos con detenimiento, suprimió las repeticiones, organizó los temas, señaló los espacios en blanco que se debían llenar, y las palabras de doble sentido que se debían esclarecer. También escribió
las preguntas requeridas para obtener tal resultado.
"Hasta entonces —dice Rivail —, las sesiones llevadas a cabo en casa del señor Baudin no tenían un objeto determinado, y me propuse resolver por su intermedio las cuestiones que me interesaban desde el punto de vista de la filosofía, la psicología
y la naturaleza del mundo invisible. Llegaba yo a cada sesión preparado con una serie de preguntas metódicamente ordenadas, las cuales siempre se me contestaron de una manera lógica, con precisión y profundidad. Desde aquél momento las sesiones tuvieron
muy diverso carácter; entre los asistentes había personas serias, que tomaron por ellas vivo interés, y que si llegaba yo a faltar estaban como desocupadas, porque los asuntos fútiles habían perdido su atractivo para la mayoría."
"Inicialmente, yo sólo tenía en vista mi propia instrucción, pero más tarde, cuando comprendí que todo aquello formaba un conjunto y tomaba las proporciones de una doctrina, tuve la idea de publicarlo para instrucción de todo el mundo... Las circunstancias me pusieron en relación con otros médiums, y cada vez que tenía ocasión, aprovechaba para proponerles algunas de las cuestiones que me parecían ser las más complejas. Es así como más de diez médiums han prestado su ayuda en este trabajo. De la comparación y fusión de todas las respuestas, coordinadas y clasificadas,
y muchas veces elaboradas en el silencio de la meditación, formé la primera edición de El Libro de los Espíritus, que apareció el 18 de abril de 1857".
Posteriormente escribió El libro de los Médiums (1861), El Evangelio según el Espiritismo (1864), El Cielo y el Infierno, o la justicia divina según el espiritismo (1865) y La Génesis, los milagros y las profecías según el espiritismo (1868) , además de una revista que salía periódicamente con temas afines.
Fue así como Kardec se convirtió en el Codificador del Espiritismo, una doctrina cristiana, científica, moral y filosófica, que recoge y aplica las respuestas dadas por Espíritus de orden elevado a muchas inquietudes de la humanidad, como ¿Quiénes somos? ¿De donde venimos? ¿A qué venimos?
El Espiritismo desde el punto de vista de Allan Kardec, tiene como basamento las verdades fundamentales que pregonan todas las religiones: Dios, el alma, la inmortalidad, las penas y las recompensas futuras.
A sus seguidores dijo:
"No violentéis ninguna conciencia; no obliguéis a ninguna persona a dejar sus creencias por adoptar la vuestra; no anatematicéis a los que no piensan como vosotros; acoged a los que acudan a vosotros y dejad en paz a los que os rechazan. A quienes preguntan si hacen bien en seguir tal o cual práctica, secta o religión, el Espiritismo responde: Si creéis que vuestra conciencia está inclinada a ello, hacedlo; seguid con toda la fe y el corazón en vuestras creencias, pues Dios, en nuestra opinión, toma siempre en cuenta la intención y no la forma del culto."
En ese último tópico, un pionero fue el francés Dr. Hipólito León Rivail, más conocido como Allan Kardec. A los diecinueve años, comenzó a interesarse por los fenómenos del magnetismo (como primeramente se le llamó a la hipnosis) descubiertos por el médico austríaco Franz Mesmer, y mucho después escribiría:
"El magnetismo ha preparado las vías del Espiritismo, y los rápidos progresos de este último son debidos, incontestablemente, a la divulgación de las ideas que surgen del primero. Desde los fenómenos del magnetismo, sonambulismo y éxtasis, hasta las manifestaciones espíritas, no hay más que un paso; su conexión es tal, que resulta, por decirlo así, imposible hablar del uno sin referirse al otro. Si debiéramos dejar a un lado la ciencia magnética, nuestro cuadro sería incompleto y se nos podría comparar a un profesor de física que se abstuviera de hablar de la luz".
El doctor Rival tenía ya cincuenta años cuando, en 1854, escuchó por primera vez hablar del fenómeno de las mesas giratorias que respondían preguntas, al señor Fortier que era magnetizador .
A dichos comentarios, contestó: "Esto lo creeré cuando lo vea y cuando se me pruebe que una mesa tiene cerebro para pensar, nervios para las sensaciones, y que puede tornarse sonámbula; hasta entonces, permítame considerar esto sólo como un cuento fantasioso". Rivail, que era un observador metódico, que no negaba por prejuicio, se encontraba ahora ante algo que lo retaba.
Al respecto, escribió: "Estaba yo, pues, en el período en que nos hallamos ante un hecho aparentemente inexplicable, contrario a las leyes de la naturaleza y que la razón rechaza. Todavía no había visto ni observado nada; las experiencias realizadas en presencia de personas honorables y dignas de fe me confirmaban la posibilidad del hecho puramente material, pero la idea de una mesa "parlante" no la admitía aún mi entendimiento. El año siguiente, a principios de 1855, encontré al señor Carlotti, amigo mío desde veinticinco años atrás, quien me habló durante más de una hora de tales fenómenos... Primero me habló de la intervención de los Espíritus, con lo cual no hizo más que aumentar mis dudas... Algún tiempo después, hacia mayo de 1855, hallábame en casa de la sonámbula señora Roger con el señor Fortier, su magnetizador..."
"Allí fui por primera vez testigo del fenómeno de las mesas giratorias, y el hecho se produjo en condiciones tales que la duda resultaba imposible. Presencié en esa misma casa ciertos ensayos, muy imperfectos, de escritura mediúmnica en una pizarra con ayuda de una cestilla. Mis ideas eran firmes, pero había en ello un hecho que debía tener su causa. Entreví, bajo la aparente futilidad y especie de juego que se hacía con esos fenómenos, algo serio y como la revelación de una nueva ley que me propuse profundizar. Bien pronto se me presentó la ocasión de observar más atentamente de lo que había podido hacerlo hasta entonces. En una de las veladas en casa de la señora Plainemaison, trabé conocimiento con la familia Baudin... El señor Baudin me invitó a concurrir a las sesiones semanales que tenían lugar en su casa, y a las cuales empecé a asistir con asiduidad. Fue allí donde hice seriamente mis primeros estudios del Espiritismo, menos aún por revelaciones que mediante observaciones."
"Apliqué a la nueva ciencia, como lo había hecho hasta entonces con las demás, el método experimental, sin aceptar nunca teorías preconcebidas; observaba con atención, comparaba, deducía las consecuencias; desde los efectos buscaba remontarme hasta las causas mediante la deducción y el encadenamiento lógico de los hechos, admitiendo una explicación como valedera, sólo cuando ella podía resolver todas las dificultades de la cuestión. Así había procedido en mis trabajos anteriores, desde la edad de quince a dieciséis años."
"Desde el principio comprendí lo serio de la exploración que iba a emprender; entreví en tales fenómenos la clave del problema, tan oscuro y controvertido, del pasado y porvenir de la Humanidad, la solución de lo que había yo buscado toda la vida.
Era, en una palabra, toda una revolución en las ideas y creencias, de modo que había que proceder con prudencia y no con ligereza; había que ser positivista y no idealista, a fin de no dejarse llevar por ilusiones."
"Uno de los primeros resultados de mis observaciones, fue que los Espíritus, siendo las almas de los hombres, no poseían ni la soberana sabiduría ni la soberana ciencia; que su saber estaba limitado por su grado de adelanto, y que su opinión no tenía más valor que el de un modo de ver personal. Esta verdad, reconocida desde el principio, me libró del grave escollo de creer en su inhabilidad y me impidió formular teorías prematuras, basadas en el decir de uno o de varios de ellos. El solo hecho de la comunicación con los Espíritus, dijeran ellos lo que dijesen, probaba la existencia de un mundo invisible en el ambiente. Éste es, desde luego, un punto capital, un campo inmenso abierto a nuestras exploraciones, la clave de una multitud de fenómenos inexplicables. El segundo punto, y no menos importante, era conocer el estado de ese mundo y sus costumbres, si se le puede llamar así.
Pronto comprendí que cada Espíritu, en virtud de su posición personal y sus conocimientos, me revelaba una fase, del modo como se llega a conocer las características de un país al interrogar habitantes de todas las clases y condiciones, cada uno de los cuales puede enseñarnos algo, y ninguno individualmente enseñárnoslo todo. Al observador corresponde formar el conjunto, ayudado por la información que recibe de las diversas partes, y al cotejar, coordinar y controlar unos con otros. Yo trataba, pues, con los Espíritus como lo hubiera hecho con los hombres; y ellos fueron para mi, desde el inferior hasta el superior, medios de información y no reveladores predestinados".
Al principio, lejos de ser un entusiasta de tales manifestaciones, y absorbido por sus tareas, el señor Rivail estuvo a punto de no volver a las sesiones de espiritismo; lo hizo por la insistencia de los señores Carlotti, Victoriano Sardou, René Taillandier, (miembro de la Academia de Ciencias) Tiedeman-Manthese y Didier, el editor, quienes desde hacía cinco años estaban dedicados al estudio de los fenómenos relacionados con espíritus, y habían reunido cincuenta cuadernos con preguntas y respuestas obtenidas en diversas comunicaciones, pero las cuales no habían logrado ordenar.
Ellos, conociendo las vastas y singulares aptitudes de síntesis que el señor Rivail poseía, le remitieron los cuadernos mencionados, solicitándole tomara conocimiento de su contenido y los pusiese en orden.
Puesto que tal trabajo resultaba arduo y exigía mucho tiempo, debido a los vacíos e inconsistencias en las comunicaciones, el sabio enciclopedista rehusó inicialmente comprometerse en esa tarea tan dispendiosa y absorbente, que le distraería de sus otras ocupaciones.
La cosa cambió una noche que su Espíritu protector tuvo con él una comunicación completamente personal, por vía mediúmnica, en la que, entre otras cosas, le decía haberle conocido en una vida anterior, cuando en tiempos de los Druidas vivían ambos juntos en las Galias, y en aquella época el señor Rivail se llamaba Allan Kardec. Ese Espíritu le prometía secundarle en la tarea que le estaban solicitando sus amigos.
Motivado por esta comunicación, el señor Rivail leyó los cuadernos con detenimiento, suprimió las repeticiones, organizó los temas, señaló los espacios en blanco que se debían llenar, y las palabras de doble sentido que se debían esclarecer. También escribió
las preguntas requeridas para obtener tal resultado.
"Hasta entonces —dice Rivail —, las sesiones llevadas a cabo en casa del señor Baudin no tenían un objeto determinado, y me propuse resolver por su intermedio las cuestiones que me interesaban desde el punto de vista de la filosofía, la psicología
y la naturaleza del mundo invisible. Llegaba yo a cada sesión preparado con una serie de preguntas metódicamente ordenadas, las cuales siempre se me contestaron de una manera lógica, con precisión y profundidad. Desde aquél momento las sesiones tuvieron
muy diverso carácter; entre los asistentes había personas serias, que tomaron por ellas vivo interés, y que si llegaba yo a faltar estaban como desocupadas, porque los asuntos fútiles habían perdido su atractivo para la mayoría."
"Inicialmente, yo sólo tenía en vista mi propia instrucción, pero más tarde, cuando comprendí que todo aquello formaba un conjunto y tomaba las proporciones de una doctrina, tuve la idea de publicarlo para instrucción de todo el mundo... Las circunstancias me pusieron en relación con otros médiums, y cada vez que tenía ocasión, aprovechaba para proponerles algunas de las cuestiones que me parecían ser las más complejas. Es así como más de diez médiums han prestado su ayuda en este trabajo. De la comparación y fusión de todas las respuestas, coordinadas y clasificadas,
y muchas veces elaboradas en el silencio de la meditación, formé la primera edición de El Libro de los Espíritus, que apareció el 18 de abril de 1857".
Posteriormente escribió El libro de los Médiums (1861), El Evangelio según el Espiritismo (1864), El Cielo y el Infierno, o la justicia divina según el espiritismo (1865) y La Génesis, los milagros y las profecías según el espiritismo (1868) , además de una revista que salía periódicamente con temas afines.
Fue así como Kardec se convirtió en el Codificador del Espiritismo, una doctrina cristiana, científica, moral y filosófica, que recoge y aplica las respuestas dadas por Espíritus de orden elevado a muchas inquietudes de la humanidad, como ¿Quiénes somos? ¿De donde venimos? ¿A qué venimos?
El Espiritismo desde el punto de vista de Allan Kardec, tiene como basamento las verdades fundamentales que pregonan todas las religiones: Dios, el alma, la inmortalidad, las penas y las recompensas futuras.
A sus seguidores dijo:
"No violentéis ninguna conciencia; no obliguéis a ninguna persona a dejar sus creencias por adoptar la vuestra; no anatematicéis a los que no piensan como vosotros; acoged a los que acudan a vosotros y dejad en paz a los que os rechazan. A quienes preguntan si hacen bien en seguir tal o cual práctica, secta o religión, el Espiritismo responde: Si creéis que vuestra conciencia está inclinada a ello, hacedlo; seguid con toda la fe y el corazón en vuestras creencias, pues Dios, en nuestra opinión, toma siempre en cuenta la intención y no la forma del culto."