UNA INFANCIA FELIZ

Dicen que las palabras se las lleva el viento y que, como pájaros, buena parte de las lecturas de cada día vuelan sin dejar huella. Pero también ocurre que alguna frase se obceca en posarse en el cerebro y te persigue durante días sin saber por qué. Me ocurrió recientemente con una de Milton Erikcson, atrapada al vuelo en un suplemento dominical: «Nunca es demasiado tarde para una infancia feliz».

Para que el pájaro de la frase no anidara en mi cabeza les propuse a mis alumnos de Psicología de 1º de Bachillerato que hicieran un breve comentario de texto sobre ella. En puertas de la evaluación final estaban la mar de dóciles y pasaron casi diez minutos interpretándola. Salvo quienes la miraban como un absurdo juego de palabras, un sinsentido lógico por pretender cambiar algo que ya ocurrió, fueron bastantes los que percibieron su sentido psicológico al reconocer la capacidad humana de reinterpretar una y mil veces el pasado hasta el extremo de modificarlo conforme a nuestras conveniencias.

Para hacer la pelota al profe hubo quien recordó cuánto habíamos insistido a lo largo del curso en la importancia que la psicología concede a los primeros años de la vida del niño; cómo hemos ido pasando del 'es muy pequeño para enterarse de nada' al 'cuidadito con los traumas que puede padecer el bebé'. Es más, alguien mencionó el término 'resiliencia' y demostró su buen aprovechamiento académico al referirse a ese concepto popularizado por Cyrulnik para aludir a la capacidad de los niños de sobreponerse a las desgracias e, incluso, resultar fortalecidos por la manera en que las afrontan. Se mencionó también la conveniencia de 'ser como niños' en algún momento de la vida, recuperando esas dosis de candor e ingenuidad perdidas, así como la posibilidad de revivir la infancia a través de los propios hijos. Para diez minutos no estuvo mal.

En la tertulia provocada por la lectura de algunos comentarios no pude evitar, en mi condición de profe, repetir mi versión de esa famosa frase de Epicteto que cito varias decenas de veces al año: «Lo que nos hace sufrir no son las cosas sino la manera en que nos las tomamos». Intentaba decir con ello que hasta la infancia más desastrosa puede resultar muy enriquecedora cuando se interpreta como la condición que te ha permitido llegar a ser lo que eres. A fin de cuentas, el disfrute de la vida implica un altísimo grado de aceptación del pasado. A continuación, traté de explicarles qué deuda tan enorme tiene la psicología cognitiva con el estoicismo cuando habla de 'atribución', 'interpretación' y todos esos mecanismos que ponen el acento en cómo nos tomamos las cosas más que en las cosas mismas, pero enseguida noté que ya tenían suficiente.
No había estado mal pero el pájaro-frase seguía comiéndome el coco: ¿Por qué no les había interesado gran cosa la reflexión, por qué yo me había quedado como a medias, con la sensación de no atrapar en plenitud la esencia de la frase?

Quizás no acababan de creérselo. Mis alumnos, como la mayoría de la gente, a veces como yo mismo, tienen grabado a fuego que no merece la pena dar muchas vueltas a lo ya pasado, especialmente si es desagradable, como si el sentido y el significado de los acontecimientos se agotara en los hechos mismos, indiscutiblemente inalterables. Poner el acento en la interpretación, en las consecuencias, en todo lo que hemos aprendido 'gracias' a las pérdidas, los disgustos, las enfermedades y el sufrimiento en general, abre la puerta a reflexiones muy sugestivas para los adultos y para las colectividades -¿qué virtudes nos deparará un uso cabal de la memoria histórica o la relectura moral de las últimas décadas de terrorismo vasco?-, pero no tanto para los jóvenes, para esos alumnos de 17 años que han de soportarme en clase. Están tan ocupados los adolescentes tratando de definir su identidad personal, desconcertados ante los sorpresivos matices de su personalidad, siempre inseguros de la aceptación ajena, que es bastante común que tiendan a proteger, defender y justificar todo lo que encuentran dentro de sí. Algo así como el 'tómame o déjame' o el 'acéptame como soy' de la lírica popular o de las telenovelas sudamericanas.

Ahora bien, de ser cierto que temperamento y carácter componen nuestra personalidad en un imaginario 50%, resulta chocante que sea tan dominante la tendencia a acentuar la importancia de los factores genéticos, fisiológicos o heredados (temperamentales), como si hubiera más bienestar en no pelear y en no cambiar, resignándonos ante una existencia predeterminada. Lo lógico sería lo contrario, que como educadores y padres pusiéramos toda nuestra atención en aquello que está en nuestra mano cambiar: en la forja del carácter de hijos y alumnos a base de hábitos y ejemplos que agiganten el valor de la voluntad creadora y que cultiven el inmenso placer de las dificultades vencidas gracias al esfuerzo. Pero no.

Confundimos la aceptación personal con la autojustificación y el victimismo y en vez de centrarnos en todo lo susceptible de mejorar con tesón y coraje preferimos recurrir al adolescente 'yo soy así' que nos deja a merced de las partes más oscuras de nosotros mismos. Eso es lo que hizo Milton Erickson -no confundir con Erick- cuando utilizó su daltonismo, su sordera y las parálisis provocadas por la polio para perfeccionar su observación del lenguaje corporal que posibilitarían sus éxitos terapéuticos. Sus reveses biográficos fueron la condición que le hizo entender que la infancia feliz está a nuestro alcance si cultivamos la confianza en nuestras fuerzas.

Ello no significa minusvalorar el impacto de las pérdidas, de los fracasos, de las separaciones o de esos agujeros oscuros de la personalidad que Jung denominara 'sombra' -esa cloaca interior de donde brota lo mejor y lo peor de cada ser-, todo lo contrario. Del narcisismo adolescente se accede a la madurez cuando uno deja de dar por bueno todo lo suyo y, reconociendo sus limitaciones, carencias y defectos, acepta convivir con todo ello intentando ensanchar todo lo que pueda protegerle, a él y a quienes le rodean, de los brotes tiránicos del 'siempre he sido así'.

No sé si es a esto a lo que se refería Milton con su frase pero yo ya me he quedado tranquilo. De evaluar el dichoso comentario de texto, pondría un diez a quien sugiriera que, visto que el temperamento nos acompaña de por vida, más nos vale concentrarnos en modelar el carácter y pelear por ser como queremos. Templar el temperamento, crear un carácter, sí, creo que no es otro el objetivo del proceso educativo.

VICENTE CARRIÓN ARREGUI| PROFESOR DE FILOSOFÍA
Fuente: elcorreodigital.com