El amor y el poder

Cuando George Orwell escribió en su célebre novela “1984” que “el poder por el que tenemos que luchar día y noche no es el poder sobre las cosas, sino sobre los hombres”, aludió críticamente a un régimen político totalitario. Pero esta frase también resulta válida para las conductas tiránicas adoptadas por algunas personas en sus relaciones afectivas, según sus caracteropatías, afanes y caprichos.

Ruth Schwartz distinguió dos modalidades contradictorias y ambivalentes de relacionarse con los demás. A una la llamó el “mundo del reconocimiento”. En él, se expresa nuestra capacidad de confiar, de entregarnos a la vida y a los vínculos con la seguridad de encontrar nuestro lugar sin tener que imponer nuestra individualidad en forma agresiva. Y a la otra la denominó la “idolatría del poder”, que arraiga en sentimientos muy profundos de desconfianza e inseguridad que nos impulsan a la fantasía de que todo en la vida se define por la fuerza, la capacidad de dominio y la confrontación competitiva, provocando el rechazo de todo lo que no se amolda a nuestros deseos. En la primera, el amor es estar cerca del Otro, desear su bien, guiarlo y preocuparse por él. Y en la segunda, es entendido como un “derecho” a la posesión exclusiva, a disponer del Otro y someterlo. Todo lo contrario de lo que corresponde entender por amor, según lo hemos descrito en una oportunidad anterior. Pues el amor -según Antoine de Saint-Exupèry- implica acogida y responsabilidad, pero no es súplica ni obsequio, ni las personas que se comportan como “el lobo estepario” de Hermann Hesse, son aptas para su cultivo.

No aludimos aquí al poder económico como factor de dominio (extorsión y/o dependencia, ésta última, a veces cómodamente tolerada, en cuanto no implica privaciones materiales), lo cual es demasiado conocido, sino a un rasgo psicopatológico ya advertido por Carl Jung, al señalar que “la creencia de que el amor nos da derecho a tener pretensiones frente a la persona amada no es sino un prejuicio infantil”. El concepto infantil del amor es: “recibo regalos de la persona amada”. Planteando así los adultos, exigencias basadas en una insaciabilidad infantil, y a la vez, buscando la falta en el Otro, eludiendo así atender los propios problemas libidinales.

Este proceder posesivo, absorbente y manipulador, tanto del varón como de la mujer, puede responder a diversas etiologías, pero presenta una variable común: uno de los “secretos” de las personas autoritarias es que son dominadas por la inseguridad que padecen y obran en consecuencia, pero siempre encontrando alguna “excusa” para justificar sus actitudes nocivas, megalómanas e incapaces de satisfacer las necesidades afectivas del Otro.

Por caso, puede tratarse de un “amor” obsesivo, que no es amor, sino una manifestación de baja autoestima e implícito desprecio por la subjetividad del Otro, de quien lo que se pretende es su posesión y control: dominarlo y liderar el vínculo. Los celos patológicos o exacerbados (cuyo origen siempre se encuentra en la niñez) también juegan su rol. En general, también aquí existe un problema de autoestima y un sentimiento de inseguridad, traducido en una demanda de exclusividad y mando (necesitando apoderarse del Otro, controlarlo por completo y lograr su absoluto sometimiento) que resulta imposible de satisfacer y que al no lograrse, desencadena la persecución, aún llegando a originar violencias de todo tipo. Siendo común que, ante un padre despótico -sea por la opresión que sufrió la madre (y/o por las “libertades” que se tomó como contrapartida) o por la forzada sumisión propia, enfrentamientos y, en ocasiones, enfermedades psicosomáticas (vg., anorexia)-, las niñas así afectadas, ya adultas, pretendan el dominio de su pareja. Ello se debe a que se ven impedidas de estimar a los varones como personas respetuosas y contenedoras. Virginia Satir enseñaba que la pérdida de la autoestima afecta la capacidad para gozar de las relaciones interpersonales y que la libertad (capacidad de elegir la mejor de las oportunidades) tiene encuentro en el amor. La carencia o la mengua de aquéllas hace creer en la existencia de un amor que, por falta de entrega y por avasallamiento de la libertad del Otro, en realidad nunca existió como tal.

Como fuera, salvo que el Otro -objeto de tal atropello- acepte el acoso y la servidumbre, lo común es que esos déspotas de entrecasa logren, lo que creen que no desean: perder a los seres que más quieren. Porque pocas cosas son tan estresantes como discutir con la persona amada, y más aún si se provocan altercados por naderías o necedades, aquí originadas por esas paradójicamente expulsivas ansias de dominio. Es cierto que puede haber retractaciones y disculpas, pero limpiar el espejo no mejora al que se mira (ni siquiera a Dorian Gray) y cuando este mecanismo es permanente o cíclico, tal vez el que se retira de esa relación agobiante pueda decir -como George Bernard Shaw- que “tengo tan infernal capacidad de aguante, que jamás me doy cuenta del peso de una carga, hasta que me la quitan de los hombros”. O hasta que uno logra quitársela.

La “idolatría del poder” arraiga en sentimientos muy profundos de desconfianza e
inseguridad, que nos impulsan a la fantasía de que todo en la vida se define por
la fuerza, la capacidad de dominio y la confrontación competitiva.



El “amor” obsesivo no es amor, sino una manifestación de baja
autoestima e implícito desprecio por la subjetividad del Otro, de quien lo que
se pretende es su posesión y control: dominarlo, y liderar el vínculo.


Fuente: ellitoral.com