23/12/2009

CUERPO Y MENTE SANOS: YOGA

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El yoga dejó de ser un delirio para místicos. Hoy, cada vez más gente encuentra en las clases un bálsamo para el stress, y los médicos recomiendan su práctica. Con 6000 años de antigüedad, esta disciplina logró recalar en el fin de siglo. Y ofrecer, en plena ciudad, algunos minutos de tregua

Adela está sentada sobre un hilo de silencio. Tiene la punta del índice en la raíz del pulgar, los ojos cerrados y las piernas en un intento de flor de loto. Adela respira hondo, y desinfla su aliento con un ohm profundo. Se arranca el ruido de los coches. Ohm. Se arranca la acidez de su jefe. Ohm. Se arranca el golpe de aire que le fosilizó el cuello. Ohm. Y queda completamente desnuda.

Sólo entonces, despojadita del mundo, comienza su clase de yoga en la Fundación Indra Devi.

Allí, cientos de personas (16.000 a lo largo de diez años) buscan el sosiego que la ciudad alguna vez les robó. Ellos, como tantos otros miles que concurren a profesores particulares y todo tipo de institutos, forman parte de un público en ascenso: el de la gente, cada vez más joven, que se cansó del frenesí eléctrico de los aerobics y las pesas. El de aquellos que se marearon con el tren bala y decidieron llegar a destino en balsa.

"Yo necesitaba hacer algo con el cuerpo." Rodrigo Simoni es un taxista de 39 años y bíceps de camión larga distancia. Luego de fracasar con las terapéuticas pelotitas en el asiento del coche, su médico -uno de los tantos que lo recomiendan- le sugirió incursionar en las bondades del yoga.

Y es que esta práctica no es más un cliché para almas etéreas. El tiempo se encargó de opacar los tabúes, y hoy son muchos los profesionales (clínicos, kinesiólogos e incluso psiquiatras) que lo aconsejan. "Al principio pensé que el tipo me estaba cargando -recuerda Rodrigo, en referencia a su doctor-; más que nada porque lo mío no es muy espiritual que digamos. Me la paso manejando y tengo que estirarme en algún lado. Pero ahora estoy mil puntos." La palabra espiritualidad invita a la desconfianza. Al miedo a terminar cantando mantras, comiendo soja y repartiendo libros por plaza Italia. Al temor a salir de una clase vestido de naranja, rapado, o con un pasaje sin escalas al confín del mismísimo Sai Baba. Porque, es cierto, una de las grandes dudas consiste en el dilema religioso. "La gente interpreta mal: una cosa es la espiritualidad y otra la religión -distingue el profesor Lucas Pérez Colman-. Y el yoga no es una religión, sino una filosofía de vida."

La palabra yoga deriva de la raíz sánscrita yuj, que significa unión: unión entre el hombre -lo finito- y lo infinito. Justamente por eso resulta difícil asistir a una clase con objetivos puramente musculares. Sin embargo, hay maestros para todos los gustos. Algunos incluyen mantras, que no responden a una religión en especial, sino a una costumbre muy enraizada en la India: la de rezar en sánscrito antes de cualquier actividad. Y otros occidentales, en cambio, importan el yoga sin aderezos.

No hay motivos únicos para golpear a las puertas del yoga. Si bien la mayoría pretende deshacerse del stress o solucionar problemas de salud, el abanico es mucho más rico: aparte de las clases clásicas, existen institutos que incluyen grupos para embarazadas, de pos-parto, para niños (llevados generalmente por problemas de conducta), adolescentes y gente de la tercera edad.

"El yoga no puede practicarse simplemente siguiendo instrucciones escritas o desde una pantalla -advierte David Lifar, director de la Fundación Indra Devi, que también organiza excursiones de Turismo Ecológico Antiestrés-. Siempre es necesario un guía personal, un maestro."

Indra Devi -que preside la institución y vive en la Argentina desde 1985-, asegura por escrito que es posible estar siempre joven, siempre sano. Mataji (en sánscrito, madre), de apenas 98 años, es la primera mujer occidental que enseñó yoga a los hindúes. Hoy, las cinco sedes de la fundación tienen las vitrinas tapizadas con sus libros: entre otros, y además de Siempre joven..., El yoga, Renueve su vida mediante el yoga y Yoga para americanos (traducido como Yoga para todos). Estos dos últimos fueron escritos nada menos que en Hollywood, donde Mataji se trasladó a mitad de siglo.

Esta ciudad acaso sea el único punto en común entre Indra Devi y Raquel Welch. Después de cabalgar sobre una playa desierta, la actriz -tan espontánea como en sus films- comienza su clase mediática. El resultado es un buen batido posmoderno con un poco de new age, varios cuerpos retorcidamente perfectos, algunas colchonetas y contundente maquillaje.

Viviana aprendió con Raquel hace seis años. Estaba aburrida, sola, de vacaciones, y con dolores musculares y de los otros. En esos tristes casos, la gente suele alquilar videos como el de Raquel: matan el tedio y reemplazan problemas existenciales por dudas respecto del tiempo que se logrará permanecer trenzado y sin besar el piso.

El plan funcionó, y desde entonces Viviana practica dos horas diarias de yoga. Y no sólo eso: también da clases.

"Hay tanta diversidad de maestros como de alumnos -distingue la profesora Teresa Tudisco -. El que busca a Jane Fonda recibe a través del canal de Jane Fonda, y el que busca un maestro de la India recibe otro tipo de sabiduría. Los videos y las revistas son para cuando ya estuviste con un instructor que te corrigió. Después, lo ideal es practicar solo. Es como un hábito de higiene y de salud: con que le dediques al menos quince minutos diarios, ya es suficiente." La constancia acaso sea la clave de una disciplina para espíritus pacientes. Cuenta un proverbio chino que para ir, precisamente, a China, se necesitan mil pasos. Pero que -amén de que el cálculo se debe de haber hecho a pocos metros de la frontera con China- siempre hay que empezar por el primero.

Lorena Brizuela dio el paso inicial hace poco más de un año. Tiene los ojos verdes como la menta, el cabello de ángel hasta la cintura y las redondeces de una modelo. Las curvas, eso sí, las tornea puntualmente en un gimnasio. "Con el yoga me relajo y me desenchufo, pero los cambios físicos, al menos en mi caso, son muy lentos. Para lo externo hago aerobic." En el Centro Sivananda Yoga-Vedanta, el Maestro Shivapremananda no sólo sabe mez- clarlo, sino que es algo así como el creador del cemento. Luego de pasar entre ocho y diez años en un monasterio hindú, el Swami llegó a la Argentina para quedarse. Aunque actualmente sólo dicta conferencias y guía meditaciones, el lugar ofrece clases de yoga de fuerte contenido espiritual. "La gente viene porque hay un gran vacío: la sociedad carece de valores humanos profundos -remarca Ricardo Bianchi, voluntario del centro y gran admirador del Maestro-. Hay de todo materialmente, pero no espiritualmente."

A pocos metros, un retrato ofrece la mirada serena de Swami. "Fotos de nuestro Maestro en venta", dice debajo. Y Swami, ahora, parece sonreír un poco.

"De algo hay que vivir", se excusa Ricardo. Regala una mirada casta y celeste, y cuenta que llegó al centro como resultado de una búsqueda interior. Que tiene 34 años y que duerme allí porque está desocupado. "Yo hacía una vida normal", aclara. Y pronto aclara lo que ya está claro. "Quiero decir que parece que los hombres que hacemos yoga somos anormales, simplemente porque somos minoría. Antes hacía pesas, pero desde que empecé con esto no quise volver al gimnasio."

Las diferencias con los ejercicios convencionales son muchas y muy profundas:

Se mantienen posturas por un tiempo determinado, conectadas con la respiración y la mirada, por lo que se trabajan más aspectos del cuerpo aparte del muscular;

En la gimnasia común se gasta energía, mientras que en yoga se incorpora, y se sale descansado.

Hay un efecto sobre las glándulas, órganos, nervios y tejidos del organismo;

Se logra una mayor capacidad pulmonar y una mejoría en la concentración, porque las posturas invertidas llevan más oxígeno al cerebro.

"Normalmente, en la gimnasia tradicional se trabaja sobre los músculos superficiales porque se insiste en la repetición -distingue David Lifar-. Nosotros, en cambio, apuntamos a la permanencia en una postura. Mantenerte inmóvil varios minutos parece simple, pero no: transpirás como loco. Sostener el cuerpo con fuerza, equilibrio y elegancia no es fácil."

Todo lo contrario. Bajo una penumbra atardecida, un grupo de alumnos espera las instrucciones en posición de banco (las rodillas y las palmas sobre el piso). "Suavemeeente levanto la pierna dereeecha -indica, canta, arrulla, Carina, la profesora-. Ahora, con la mano izquierda y por encima del torso tomo el pie derecho. Me estiro, me estiro, me estiiiro... y ahora giro la cabeza y mantengo la mirada fija por detrás del hombro izquierdo." En un principio, basta con mantenerse dignamente sin anudarse hasta el punto del no retorno.

Una asana es toda postura que pueda mantenerse en forma cómoda y estable. Según el parecido con el original, llevan los nombres de animales, plantas, magos, sabios o divinidades. Dicen los gurúes que son tantas en número como criaturas vivas hay en el universo. Pero si bien existen miles, en una clase se practica un promedio de veinte. "Hay un par básicas, pero el resto tiene que ver mucho con el show -admite Teresa Tudisco-. Nunca faltan los que llegan al límite con el faquirismo."

En la India hay muchos cuerpos capaces de contraerse hasta devenir un ovillito. Las mismas escuelas organizan competencias para ver quién hace mejores y más complicadas posturas. En estos casos, la mayoría de los participantes son hombres, porque el yoga está conceptuado como una disciplina muy dura.

La versión occidental, en cambio, fue tamizada para un mejor consumo. Se quitaron varios grumos de filosofía y ferocidad física, y se agregaron muchos prejuicios: acá, el yoga suele ser una disciplina para mujeres y viejos.

Estos dos preconceptos, no obstante, están comenzando a caer. Prejuicio derribado número uno: hace once años, la Fundación Indra Devi tenía un 90 por ciento de alumnas. Hoy, hay clases donde los hombres -principalmente profesionales y ejecutivos- son mayoría.

Prejuicio derribado número dos: el alumnado es cada vez más joven. Porque, aunque la ortodoxia se ensañe en decir lo contrario, son muchos los que sostienen que el dinamismo no está reñido con la espiritualidad. "El trabajo interior y el físico no van por separado -aclara Lucas Pérez Colman-. Un trabajo fuerte bien orientado también lleva a un trabajo interno fuerte. Es cierto, eso sí, que en la India se suele enseñar en forma más dura y comprometida, y acá la cuestión es mucho más light."

En Oriente, la cuestión es decididamente heavy. Los hindúes no suelen diferenciar entre vida religiosa y secular: rezan antes de cualquier actividad y consideran el cuerpo como un instrumento para llegar a Dios. El yoga es un buen viaducto hacia el Nirvana: permite dominar la energía corporal y, en la mejor de las oportunidades, alcanzar el éxtasis, la unión con la Divinidad o, en sánscrito, el samadhi.

Claro que el camino es, por momentos, retorcido. Unos pocos audaces, acaso unos pocos elegidos, son los que se atreven a controlar su energía y su respiración mediante una técnica no apta para impresionables (por favor, no lo practiquen en sus casas): dirigen la lengua hacia atrás -la tragan, es decir- y cierran con su punta las cavidades nasales. Para eso, durante meses cortan semanalmente una porción milimétrica del frenillo y se untan la lengua con manteca fresca. Luego la escurren y estiran con ambas manos. "Basta con que su punta llegue al entrecejo -tranquiliza un practicante hindú, en el libro La sabiduría de los grandes yoguis-. Al principio esto resulta molesto y para algunas personas incluso angustioso, pues les parece que no pueden respirar."

Tremendo esfuerzo viene con premio. Según este libro, la finalidad más importante del ejercicio consiste en la sublimación de la energía sexual y el control sobre la emisión de semen, "aunque el yogui sea abrazado por una joven y apasionada mujer". Los practicantes se toman esta molestia porque consideran que la expulsión del esperma contrarresta energías muy útiles para el trabajo interior.

Sting no parece haberse cortado el frenillo. Y sin embargo, en sus últimas entrevistas no se cansa de contar las maratones sexuales de las que disfruta con su esposa gracias al yoga. Desde que se volcaron a la práctica del ashtanga, el cuerpo y la libido parecen derramarse en cataratas de energía.

-¿Cómo era: la mente se energiza y el cuerpo se armoniza?

A pocos metros de plaza Italia, Zepür Karcayan -una comerciante de origen armenio- pregunta sin dobles intenciones.

-No, al revés -responde la instructora.

-Ah, no importa. Ayer tuve un tratamiento de conducto y usé eso para energizarme, me hizo muy bien.

Zepür empezó con las clases porque sufría grandes ataques de pánico. Sentía que se moría. Y ahora, después de dos años, vive en paz. "El yoga ayuda a cambiar la actitud frente al problema -confirma David Lifar-. No es decir no me importa, todo lo contrario. Lo importante, y que nunca se enseña, es aprender a llegar a los estados más profundos de concentración. Desde ahí, es posible trabajar un cambio de actitud frente a la vida en general." El estado más profundo de concentración es la meditación. En todas las clases, por más sencillas que sean, hay varias etapas. La primera está constituida por las asanas y sirve para desbloquear contracturas. Luego siguen el control de la respiración (pranayama) y el del sistema nervioso (pratyahara).

Cuando una persona está tranquila, el consumo de oxígeno por parte de la mente equivale al 60 por ciento que entra en el cuerpo. En estado de stress, la mente lleva hasta el 95 por ciento, y por lo tanto sólo el 5 por ciento restante se distribuye por el resto del organismo. Durante la meditación, en cambio, el consumo de oxígeno por parte de la mente se reduce a la mínima expresión posible: un 30 por ciento.

Hay que diferenciar entre las instituciones puramente religiosas y las clases que, como en mi caso, simplemente se abren y cierran con un mantra -distingue Lucas Pérez Colman-. Es cierto que, en algunas oportunidades, la gente mayor escucha por primera vez el ohm y pega un respingo. Se preguntan si será otra religión, o si estarán faltando a la fe cristiana."

A Matías Serrati -de 25 años, ex rugbier y empleado de una auditoría- el misticismo no le importa demasiado. "La cuestión no pasa tanto por lo espiritual -asegura-, sino por sentirme bien sin necesidad de entrar en el acelere de un gimnasio." Matías desploma sobre el piso todo un día de cemento. Es jueves y es de noche, y la penumbra late al ritmo hipnótico de alguna melodía hindú. "El cuerpo se relaja hasta sentir el peso del reloj sobre la muñeca -induce el profesor-, hasta captar por qué orificio de la nariz pasa más aire." La respiración bombea un perfume frotado con incienso. Lo pasea por la sangre y lo libera por los talones desnudos. Varios pares de zapatos descansan su horma recalentada cerca de la puerta principal. Del otro lado, los bocinazos de Las Heras y Billinghurst patean la última resaca del día. Raspan como la tos, como los celulares del microcentro. Raspan como el trabajo de mañana. Pero a quién le importa.



Lugares y consejos

La mayoría de los instructores coincide en que la experiencia personal suele ser la mejor guía. Estas son sólo algunas sugerencias:

Fundación Indra Devi . Sede central (también hay en Belgrano, Caballito, Acassuso y Palermo): Azcuénaga
Lucas Pérez Colman
Centro Sivananda de Yoga-Vedanta. Gallo 1279

Universidad del Salvador (para quienes deseen hacer el profesorado de yoga). Escuela de Estudios Orientales: Callao 853, 3º; 811-2270.


Antes de asistir a una clase, los especialistas recomiendan:


Llevar ropa cómoda.

Hacerse un examen médico previo, que apruebe la realización de todos los ejercicios o recomiende algunos para corregir determinadas dolencias. En caso de afecciones definitivas, agudas o crónicas, algunos centros (como la Fundación Indra Devi) exigen la presentación de un certificado médico en el que se autorice la práctica.

Es ideal hacer la clase dos o tres horas después de ingerido el último alimento.

Conviene abstenerse de las prácticas el primer día menstrual.

No se aconseja la ducha inmediatamente después de la clase.
Fuente: lanacion.com.ar