Juan Melendez, dieciocho años en el corredor de la muerte

Juan Meléndez, dieciocho años en el corredor de la muerte

Tengo 58 años. Nací en Nueva York, me crié en Puerto Rico y vivo en Nuevo México. Tengo novia y tres hijas de una pareja anterior. Era agricultor y ahora soy activista, me dedico a luchar contra la pena de muerte. Soy católico hasta los huesos

Diecisiete años, ocho meses y un día en el corredor de la muerte...

... Por un crimen que no cometí. Fui exonerado, me pusieron en libertad en enero del 2002. Me dieron cien dólares, un pantalón, una camisa y ninguna disculpa.

Eso es bien poco.

Vivía en una celda de dos por tres metros: oscura, húmeda, infestada de ratas y cucarachas. Cuando me sacaban me ponían cadenas en los pies, en la cintura y esposas en las muñecas. Salía al patio dos horas el lunes y dos el miércoles si no llovía, pero para los carceleros siempre amenazaba lluvia.

¿Por qué no lo ejecutaron?

Cada vez que se iba a firmar mi sentencia de muerte mi abogada apelaba. Eso me compraba tiempo. Mi condena, basada en el testimonio de dos testigos, era por robo a mano armada, sin pruebas. Un confidente de la policía, un chivato, declaró que yo le había confesado el crimen e implicó a un amigo mío que declaró 15 veces y se incriminó en el caso.

¿Por qué hizo eso?

Le amenazaron con la silla eléctrica y sin tener nada que ver con el caso les dijo lo que querían: que me llevó al lugar del crimen y me recogió una hora y media más tarde. Llegó a un acuerdo con el fiscal, tenía otros temas pendientes y sólo le cayeron dos años.

¿Por qué quería condenarle la policía?

Había 5.000 dólares de recompensa, la víctima era de raza blanca y yo latino. El crimen fue horroroso, al hombre lo encontraron degollado y con tres balazos. Necesitaban alguien que pagara por ello; así es el sistema.

Se debió volver loco.

Sentí odio hacia el fiscal, el jurado, el juez y el abogado, porque me sentí traicionado.

¿No tenía coartada?

Sí, y cuatro personas la corroboraron, pero eran negros, y cuando un negro testifica para el Estado tiene credibilidad, hasta lo visten con traje y lo afeitan. Pero cuando testifica para la defensa no tiene ninguna.

¿Qué le salvó la vida?

Encontraron una grabación en la que el culpable confesaba el crimen y se pusieron a investigar a fondo. Descubrieron que el fiscal tenía 16 documentos que corroboraban esa confesión y encontraron pruebas físicas. La juez escribió un dictamen de 72 páginas criticando al fiscal por la manera en que procesó el caso, a la policía por la forma en que investigaron y a mi abogado.

¿Hubo un nuevo juicio?

Sí, me declararon inocente pero aparcaron el caso. El auténtico culpable, otro confidente, fue asesinado por un policía. Por fortuna era un bocazas y confesó el crimen a su esposa, a su hermana y a la propia policía.

Cuénteme cómo ha vivido estos años.

Muchas veces he querido quitarme la vida. Le das cuatro sellos al preso encargado de darte la comida y él teda una bolsa de plástico con la que hacerte una soga.

¿La hizo?

Lo preparé todo y decidí acostarme un poquito antes de matarme. Entonces soñé que de nuevo era un niñito feliz.

¿Qué le hacía feliz?

Déjeme terminar señora.

… Yo crecí en la isla de Puerto Rico. Caminaba cinco minutos al sur y ahí estaba la playa más bonita del mundo. Soñé que nadaba: el agua tibia, el cielo azul. Cuatro delfines jugaban a mi alrededor y en la orilla una señora muy alegre me saludaba: mi querida madre.

… Y ahí desperté, el camastro olía a marisco, a playa. "¡Yo no quiero morir!", grité, y tiré la soga al váter. Cada vez que pensaba en suicidarme, Dios me enviaba un sueño que yo tomaba como señal, como si me dijera: "Sé que no lo hiciste, pero yo controlo el tiempo. Saldrás cuando yo diga. Debes confiar".

Se tomó años…

Diecisiete años, ocho meses y un día para cambiar al hombre.

¿En qué ha cambiado?

Todo lo que tengo ahora en la mente es bueno, todo lo que quiero hacer es el bien. Antes mi vida no me importaba nada, no apreciaba las cosas simples. Pero cuando salí y me preguntaron qué quería ver… "Yo lo que quiero ver es la luna, las estrellas, caminar descalzo sobre la tierra, coger un niño en mis brazos y jugar con él", en eso cambié.

¿Vio morir a muchas personas?

Cuando entré habían ejecutado a la décima persona y cuando salí ya llevaban 51. Hoy, 67 solo en el estado de Florida. Y claro, los conocía. Los condenados a muerte, esos que los fiscales llaman monstruos,me enseñaron a leer, a escribir, a hablar inglés. Y también a dejar el rencor y el odio atrás.

¿Qué tipo de personas son o eran?

Algunos culpables y otros inocentes. Pero hay algo que el mundo debe saber: cuando los ejecutan no están matando a la persona que cometió el crimen, han cambiado.

¿El día más triste de su vida?

De celda a celda nos contábamos los más íntimos sentimientos. Aprendí a amar al compañero, ese que un día vienen a buscar. Oyes como se carga la silla eléctrica, mmmmmm-mmm, 2.000 voltios. Todavía lo oigo. Y sabes el momento preciso en que queman su alma porque la luz parpadea un instante.

...

El día que salí de allí fue el más feliz, pero también el más triste porque sabía que todas esas personas que me habían ayudado iban a ser ejecutadas. Y por eso lucho.

¿Necesaria?
Entró con 33 años y salió con 51, esos años en el corredor de la muerte lo transformaron. Antes jamás se había planteado el sinsentido de la pena capital y ahora lucha por abolirla. Ha pasado por Barcelona como representante de la Comunidad de Sant´Egidio para sumarse a la gran movilización internacional (más de mil ciudades en todo el mundo) para parar las ejecuciones. Todavía le despierta el sonido de la silla eléctrica al cargarse y se siente incómodo entre cuatro paredes: pide agua, suda y me manda callar en varias ocasiones. "El mundo necesita saber que la pena de muerte es racista, costosa, no disuade, no impide crímenes, ejecuta también a inocentes, es cruel e innecesaria".
Fuente: lavanguardia.es