A lo largo de la historia del universo hasta hoy en día, hemos vivido y estamos sumergidos en un océano de
energía. Esta pude ser de distintos tipos: lumínica, cuántica, calórica, eólica, atómica, por nombrar algunas. El punto es que nada, pero nada permanece inerte. Incluso los objetos inanimados (mesas, sillas, piedras) están constituidos por pequeñísimas partículas (átomos) en constante movimiento.
A este tipo de fuerza que está presente en todo el universo ya lo intuían antiguas religiones. Por ejemplo en la
India, se hablaba del
Prana, energía universal, considerada el fluido básico que todo lo constituye, la fuente de vida misma.
También a lo largo de la historia, hubo casos conocidos y documentados de gente con una percepción desarrollada de los sentidos; tal es así que podían “ver” los campos energéticos que rodea a las personas y demás elementos de la naturaleza. Muchas veces a esto lo vemos representado en las imágenes religiosas. Es el clásico círculo de luz que rodea las cabezas de los santos.
Pero este fenómeno, no se reduce solo a la gente religiosa. En el siglo XIX, el conde Wilhelm Von Reichenbach, Leibnitz, Van Helmont y
Mesmer dedicaron su tiempo a investigar este fenómeno.
Von Reichenbach lo bautizó como
“fuerza ódica”, y comprobó en ella, similares propiedades a la del campo electromagnético. Mesmer por su parte, lo llamaba
“magnetismo animal”.Pero el nombre
“aura” fue acuñado recién en 1911, cuando el doctor
William Kilner dedicado al estudio del el campo energético humano, utilizando pantallas y filtros de color; pudo contemplar como una especie de bruma brillante, ubicada en tres diferentes zonas alrededor del cuerpo.
Pudo observar también que el “aura” difiere mucho de una persona a otra, dependiendo de distintos factores: su sexo, edad, estado de salud y capacidad mental
Lo que más le interesaba, era ver si existía una posible
aplicación médica de este fenómeno. A través de sus experimentos, pudo comprobar que algunas enfermedades provocaban manchas o irregularidades en el aura. Esto permitió que el Dr. Kilner pudiese desarrollar un sistema de diagnóstico, basado principalmente en aspectos o características de ese “campo áurico” como ser: su color, el volumen, textura, exposición, etc.
En 1939, el ruso
Semyon Davidovich Kirlian, también pudo ver la presencia de esa aura o energía en sus propias manos. Por medio de pruebas y experimentos logró plasmar esa energía en papel fotográfico.
Luego, en la década de los 80’, otro investigador,
Guy Coggins, perfeccionando las técnicas de Kirlian, pudo desarrollar una cámara fotográfica que permitía fotografiar el aura. Comenzando lo que luego se conoció como
Fotografía Kirlian, método que permitía capturar en un papel fotográfico la estela que dejaban los campos energéticos que rodeaban a personas, animales, plantas y objetos.