Una mañana de no hace mucho me desayuné con el siguiente titular de periódico:
“El dolor emocional duele de verdad”.
Me llamó inmediatamente la atención. Pensé primero, como lingüista frustrado que soy, que la frase era redundante y un tanto absurda: ¿Cómo no va a doler el dolor emocional? Luego fui un poco más allá y me fijé en ese “de verdad”. Y me quedé pensando un rato… Pensé que si alguien podía escribir un titular así era porque el dolor emocional no se considera un dolor “de verdad”. O sea, se consideraba un dolor de segunda, incluso de mentirijillas, como si aquellos que se quejan de tener el corazón roto o de estar sobrepasados por la vida fueran en realidad unos farsantes, o cuanto menos unos exagerados.
En seguida me sentí indignado por esa discriminación hacia el dolor emocional. ¿Acaso duele menos la pérdida de un ser querido que una piedra en el riñón? ¿Duele menos el rechazo de un amante que una torcedura de tobillo? Es más, ¿hay alguna diferencia real entre un dolor y otro?
Decidí seguir leyendo para ver qué había detrás de aquel titular tan sugerente y descubrí con asombro el siguiente subtitular:
“Un equipo de científicos de EE.UU. afirma que la zona del cerebro que procesa el dolor físico también se encarga de procesar el emocional”.
Lo leí un par de veces más para estar seguro de que lo había entendido bien. Y sí, lo había entendido bien: resulta que para nuestro cerebro el dolor físico y el dolor emocional son prácticamente la misma cosa. ¡Fantástico!, me dije, ¡por fin la sociedad va a empezar a darle al dolor emocional la atención que se merece, en lugar de menospreciarlo y considerarlo un dolor de segunda!
Luego, cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que aquella había sido una afirmación demasiado optimista, pero en aquel momento me encantó leer que por fin existía una evidencia científica que corroboraba lo que yo intuitivamente pensaba: que es necesario atender adecuadamente nuestros sufrimientos emocionales, prestarles la atención social y personal que merecen sin avergonzarnos por ello. Me refiero a que todavía hoy se sigue aceptando con mayor naturalidad que alguien no vaya a trabajar porque le duele la cabeza o el estómago a que no lo haga porque está muy triste debido a que ha roto con su novio/a o porque está reviviendo por algún motivo un trauma no resuelto, que es algo más complejo de entender y de abordar, pero que también se da. Ambas cosas, el dolor de estómago y la tristeza, tienen un sentido que en el fondo puede ser el mismo.
La noticia tenía aún más miga. Entre otras cosas, decía lo siguiente:
“Gracias a nuevas tecnologías (…) un equipo de científicos confirma que el sufrimiento emocional realmente puede doler físicamente. La razón se encuentra en la investigación cerebral que han realizado recientemente y que revela que la parte del cerebro que procesa el dolor físico también se encarga de procesar el dolor emocional. (…) Los que han experimentado este tipo de dolor (el emocional) a menudo hablan de ‘un dolor en el pecho’, ‘un vacío debajo del esternón’ o de pensar que se están volviendo locos por tanto dolor. Y es que, como afirma en declaraciones a la BBC el profesor David Alexander, director del Centro de Investigación de Trauma en Aberdeen (Escocia), ‘la gente que ha sufrido daños emocionales a menudo traduce ese dolor en algo físico’.”
Ahá, pensé de nuevo. Resulta que detrás de un dolor físico puede haber, en realidad y en el fondo, un dolor emocional. ¿Y eso se está teniendo en cuenta en nuestro actual sistema de salud? ¿Se preguntan los médicos, cuando alguien acude a su consulta quejándose de un dolor en la espalda, por ejemplo, si más allá hay un sufrimiento emocional que lo origina y justifica? ¿Tiene sentido que lo hagan? ¿Es factible? Más aún: a la luz de estos últimos descubrimientos, ¿es efectivo, sociosanitariamente hablando, seguir centrándose en el dolor físico y menospreciar el emocional? De hecho, ¿tiene sentido plantearse la existencia de varias clases de dolor, o diferenciar entre dolor físico y dolor psicológico?
La noticia seguía así:
“Las investigaciones médicas tienden a dejar de lado este sufrimiento (el emocional) para concentrarse en el dolor físico. Un equipo de neurocientíficos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) se ha propuesto cambiar esa tendencia centrando sus estudios en el dolor emocional. Gracias a la nueva tecnología dicen que es posible analizar lo que pasa en el cerebro y en el corazón.”
¡Qué bien!, me dije, ¡por fin vamos a prestar atención a lo que pasa en el corazón! Me refería, claro, a una atención seria, es decir, a tener en cuenta los “males del corazón” como una forma de ser personas más saludables y, en última instancia, de tener una sociedad también más saludable.
Esa misma tarde fui a mi medico de cabecera y, tras saludarlo con más afabilidad que de costumbre, le solté: “¡Doctor, me duele el corazón!”. Y sin hacerme ninguna pregunta me envió al cardiólogo…
Fuente: Jose Lopez, para inteligenciaemocionalysocial.com
“El dolor emocional duele de verdad”.
Me llamó inmediatamente la atención. Pensé primero, como lingüista frustrado que soy, que la frase era redundante y un tanto absurda: ¿Cómo no va a doler el dolor emocional? Luego fui un poco más allá y me fijé en ese “de verdad”. Y me quedé pensando un rato… Pensé que si alguien podía escribir un titular así era porque el dolor emocional no se considera un dolor “de verdad”. O sea, se consideraba un dolor de segunda, incluso de mentirijillas, como si aquellos que se quejan de tener el corazón roto o de estar sobrepasados por la vida fueran en realidad unos farsantes, o cuanto menos unos exagerados.
En seguida me sentí indignado por esa discriminación hacia el dolor emocional. ¿Acaso duele menos la pérdida de un ser querido que una piedra en el riñón? ¿Duele menos el rechazo de un amante que una torcedura de tobillo? Es más, ¿hay alguna diferencia real entre un dolor y otro?
Decidí seguir leyendo para ver qué había detrás de aquel titular tan sugerente y descubrí con asombro el siguiente subtitular:
“Un equipo de científicos de EE.UU. afirma que la zona del cerebro que procesa el dolor físico también se encarga de procesar el emocional”.
Lo leí un par de veces más para estar seguro de que lo había entendido bien. Y sí, lo había entendido bien: resulta que para nuestro cerebro el dolor físico y el dolor emocional son prácticamente la misma cosa. ¡Fantástico!, me dije, ¡por fin la sociedad va a empezar a darle al dolor emocional la atención que se merece, en lugar de menospreciarlo y considerarlo un dolor de segunda!
Luego, cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que aquella había sido una afirmación demasiado optimista, pero en aquel momento me encantó leer que por fin existía una evidencia científica que corroboraba lo que yo intuitivamente pensaba: que es necesario atender adecuadamente nuestros sufrimientos emocionales, prestarles la atención social y personal que merecen sin avergonzarnos por ello. Me refiero a que todavía hoy se sigue aceptando con mayor naturalidad que alguien no vaya a trabajar porque le duele la cabeza o el estómago a que no lo haga porque está muy triste debido a que ha roto con su novio/a o porque está reviviendo por algún motivo un trauma no resuelto, que es algo más complejo de entender y de abordar, pero que también se da. Ambas cosas, el dolor de estómago y la tristeza, tienen un sentido que en el fondo puede ser el mismo.
La noticia tenía aún más miga. Entre otras cosas, decía lo siguiente:
“Gracias a nuevas tecnologías (…) un equipo de científicos confirma que el sufrimiento emocional realmente puede doler físicamente. La razón se encuentra en la investigación cerebral que han realizado recientemente y que revela que la parte del cerebro que procesa el dolor físico también se encarga de procesar el dolor emocional. (…) Los que han experimentado este tipo de dolor (el emocional) a menudo hablan de ‘un dolor en el pecho’, ‘un vacío debajo del esternón’ o de pensar que se están volviendo locos por tanto dolor. Y es que, como afirma en declaraciones a la BBC el profesor David Alexander, director del Centro de Investigación de Trauma en Aberdeen (Escocia), ‘la gente que ha sufrido daños emocionales a menudo traduce ese dolor en algo físico’.”
Ahá, pensé de nuevo. Resulta que detrás de un dolor físico puede haber, en realidad y en el fondo, un dolor emocional. ¿Y eso se está teniendo en cuenta en nuestro actual sistema de salud? ¿Se preguntan los médicos, cuando alguien acude a su consulta quejándose de un dolor en la espalda, por ejemplo, si más allá hay un sufrimiento emocional que lo origina y justifica? ¿Tiene sentido que lo hagan? ¿Es factible? Más aún: a la luz de estos últimos descubrimientos, ¿es efectivo, sociosanitariamente hablando, seguir centrándose en el dolor físico y menospreciar el emocional? De hecho, ¿tiene sentido plantearse la existencia de varias clases de dolor, o diferenciar entre dolor físico y dolor psicológico?
La noticia seguía así:
“Las investigaciones médicas tienden a dejar de lado este sufrimiento (el emocional) para concentrarse en el dolor físico. Un equipo de neurocientíficos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) se ha propuesto cambiar esa tendencia centrando sus estudios en el dolor emocional. Gracias a la nueva tecnología dicen que es posible analizar lo que pasa en el cerebro y en el corazón.”
¡Qué bien!, me dije, ¡por fin vamos a prestar atención a lo que pasa en el corazón! Me refería, claro, a una atención seria, es decir, a tener en cuenta los “males del corazón” como una forma de ser personas más saludables y, en última instancia, de tener una sociedad también más saludable.
Esa misma tarde fui a mi medico de cabecera y, tras saludarlo con más afabilidad que de costumbre, le solté: “¡Doctor, me duele el corazón!”. Y sin hacerme ninguna pregunta me envió al cardiólogo…
Fuente: Jose Lopez, para inteligenciaemocionalysocial.com
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